La máscara es la esencia de la Diablada de Píllaro

Cuernos, colmillos y pelo de varios animales adornan las aterradoras caretas que se exhiben en los museos locales.

Ítalo Espín, pillareño y artista plástico, es uno de los más grandes exponentes de la elaboración de máscaras.
Ítalo Espín, pillareño y artista plástico, es uno de los más grandes exponentes de la elaboración de máscaras.

Mientras en gran parte de Ecuador y el mundo católico cada 6 de enero se celebra la fiesta de los Reyes Magos, en el cantón Píllaro, Tungurahua, se cumple una tradición folclórica y ancestral que evoca y encarna al paganismo en su máxima expresión.

Llamativos y bulliciosos desfiles, degustaciones de platos típicos, exposiciones artísticas, eventos musicales, entre otros elementos, forman parte de esta festividad que se cumple durante los primeros 6 días del año.

Se trata de la Diablada de Píllaro, ubicado a 40 minutos de Ambato. Esta es la celebración más grande e importante de la localidad y en cada edición reúne alrededor de 80 mil visitantes de todo el país y otras naciones.

El rojo es el color predominante de los atuendos de quienes desfilan e inundan de alegría las céntricas calles de la ciudad. Los trajes además incluyen flequillos, puños, guaraguas y demás adornos, en tonalidades negras, amarillas, verdes, lilas, marrones y azules.

Sin embargo, las enormes e intimidantes máscaras de la fiesta ponen el toque distintivo. Para muchos este elemento es la esencia de la Diablada, pues personifica el sentido pagano, rebelde y contestatario. Uno de ellos es Ítalo Espín, artista plástico pillareño de 40 años, quien es dueño del taller El pacto, donde se elaboran máscaras y que además funciona como un museo muy visitado.

La pinacoteca se encuentra a 10 minutos del centro de Píllaro. Allí, desde hace 23 años, Ítalo y su familia fabrican, bajo pedido, demoníacas y aterradoras máscaras, las cuales se exhiben cada fin de semana en las salas del museo.

“Es un privilegio colaborar e impulsar una de las celebraciones más multitudinarias de Tungurahua y de la región. La elaboración de las caretas es un verdadero arte, pues esta actividad conjuga la escultura y la pintura y una enorme dosis de imaginación”, dijo.

Entre 15 y 30 días, resalta, se demora en ensamblar una careta, dependiendo de la complejidad del diseño, la cantidad de adornos y el tamaño.

Cada careta está valorada entre $ 80 y $ 300, de acuerdo con la talla; su base está compuesta por gran cantidad de papel, cartón y engrudo, y son expuestas durante casi todo el año en la mayoría de talleres/hogares manufacturadores.

 

ORIGEN DE LA DIABLADA

Pese a que existen varias versiones sobre los inicios de la Diablada, la más mentada por los cronistas de la localidad hace referencia a un conflicto entre jóvenes de 2 barrios.

“Se dice que los adolescentes de la parroquia Marcos Espinel enamoraban a las muchachas del barrio Tunguipamba, ambas localidades de la urbe. Esto desató los celos de hermanos y padres de las chicas de esta última comunidad, por lo cual decidieron ahuyentar a los intrépidos enamoradizos disfrazándose de personajes demoníacos, y para ello usaban sábanas y caretas adornadas con cuernos y enormes dentaduras de mamíferos varios”, señaló Luis Lara, historiador pillareño.

Además de cronista, Lara es docente y dueño de otra de las pinacotecas de Píllaro, llamada Museo de Rumiñahui. Él coincide en que las caretas son parte esencial de la celebración mayor del cantón y conllevan, además, un significado importante para el folclore local.

LA FIESTA PAGANA EN TUNGURAHUA ATRAE TURISTAS

En el cantón, del 1 al 6 de enero, se revive la tradicional Diablada. Miles de turistas se dan cita en este sitio para disfrutar de bailes y coloridas máscaras típicas del festejo.

EL DATO

Desde enero de 2.009, la Diablada pillareña es considerada Patrimonio Intangible del país.

 

 

Fuente: www.eltelegrafo.com.ec

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