Elecciones 2017: evidencia de una débil democracia

Eco. Carlos Iturralde

Los eventos electorales vividos en el país en febrero y abril del presente año, han dejado un muy mal sabor en la mayoría de ecuatorianos, indiferente de su opción de voto.

Fue clara la existencia de una campaña desigual, donde el aparataje del Estado tuvo una injerencia sesgada a favor del presidenciable oficialista, además que existió un ambiente de incertidumbre tan perceptible, que podía casi materializarse.

Las tendencias de “voto en plancha” comúnmente reflejan en alguna medida una correlación entre las preferencias por Presidente y Asambleístas, pero esto no ocurrió en la primera vuelta, donde Alianza País logró casi el 55% de la Asamblea, el 60% de Parlamentarios Andinos pero no alcanzó ni el 40% de los votos para la Presidencia, y contrariamente Creo-Suma logró sólo el 20% de la Asamblea, el 20% del Parlamento Andino pero bordeó el 30% de los votos a la Presidencia; situación que derivó en una conmoción social justificada por la falta de transparencia durante el proceso de votación y escrutinio, donde el anormal alargamiento de la publicación de resultados irritó a las masas, y puso en tela de duda a la imparcialidad del Consejo Nacional Electoral (CNE).

El nivel de confianza en el proceso y sus resultados durante la segunda vuelta no fue mejor. Aparentemente, Lenin Moreno ganó en 11 provincias alcanzando el 51% de los votos y Guillermo Lasso en 13 provincias con el 49%. Si consideramos los nulos, blancos (que no se suman a quien va liderando) y los ausentes, probablemente ninguno de los dos candidatos convencieron ni a la mitad de la población, así que la mayoría de los ecuatorianos tienen un representante puesto por una minoría, lo cual es un concepto de democracia poco saludable.

Sustentados en los exit poll con resultados contrarios, los presidenciables dieron discursos de triunfo anticipados, cargados de mensajes entre líneas que denotaron inseguridad, la cual se explicó posteriormente con el estallido social que ocasionó la declaración oficial del triunfo de Moreno, hecha poco después de las primeras denuncias de fraude realizadas por Lasso y cuyas evidencias han  emergido de forma creciente en estos días, que de ser ciertas y aceptadas por las instituciones pertinentes (situación que también se mira con escepticismo) podrían revertir el escuálido 2% con que ganó el oficialista.

Con menos de la mitad de la población respaldando al nuevo Presidente, sea el declarado por la CNE, o el opositor si demuestra el fraude, la única certeza es que la gran perdedora en estos comicios ha sido la democracia ecuatoriana.

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